En algunos sitios REDD+, las mujeres sienten que su bienestar ha disminuido

En algunos sitios REDD+, las mujeres sienten que su bienestar ha disminuido

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Las intervenciones contra el cambio climático en las comunidades forestales aún no consiguen abordar de forma correcta el tema del género, señala un reciente estudio.

Nuevos resultados del Estudio Comparativo Global sobre REDD+ (GCS REDD+ por sus siglas en inglés) evidencian que en algunos sitios REDD+ las mujeres sienten que su condición empeoró después de las intervenciones que se llevaron a cabo en sus localidades, en comparación con las mujeres de los sitios de control.

“Claramente, REDD+ no ha tenido un impacto positivo en el bienestar de las mujeres”, dice Anne Larson, autora principal del estudio y científica del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR).

Los investigadores de CIFOR recolectaron datos en seis países de los trópicos, en localidades que participan en 16 iniciativas que se encuentran dentro del ámbito de REDD+, como parte de los esfuerzos que se realizan en virtud del Acuerdo de París para mitigar las emisiones de carbono provenientes de la deforestación y la degradación forestal.

A partir de 2010, los investigadores visitaron 62 poblados de intervención y 61 poblados de control, antes y después de que comenzaran las iniciativas, y llevaron a cabo grupos focales en los que hicieron preguntas sobre el bienestar, tal como lo definían los propios grupos. La mitad de los grupos eran mixtos (un 68 por ciento de hombres en promedio) y la otra mitad estaban compuestos solo por mujeres.

Todo lo que le sucede al bosque afecta la relación espiritual de la gente con él, su cultura, los ingresos que recibe la comunidad, el liderazgo, el contexto de gobernanza, si hay cosas que ocurren en secreto, si hay corrupción: un bosque es mucho más que los recursos que contiene”.

Anne Larson, autora principal del estudio y científica de CIFOR.

En general, mientras que en las aldeas de control no se reportaron cambios o mejoras, en aquellas donde sí se habían llevado a cabo intervenciones, una mayor cantidad de grupos focales informaron que se había producido una disminución en el bienestar, frente a aquellos que informaron sobre un aumento en el bienestar.

La disminución fue mucho peor en el caso de las mujeres.

No se trata necesariamente de que cualquier intervención específica —como proyectos de plantación de árboles, pagos por protección de áreas forestales, créditos o programas educativos— fuera en realidad perjudicial, dice Larson.

“Al examinar las opiniones de las mujeres sobre cada intervención individual, estas percibieron que alrededor de la mitad no tuvieron efecto alguno y que la otra mitad tuvieron un efecto positivo, en tanto que menos del 10 por ciento tuvieron un efecto negativo. No se trata, entonces, de que las iniciativas hayan hecho las cosas terriblemente mal”.

“Pero, al mismo tiempo, tampoco hicieron las cosas bien”, aclara Larson.

UN MONEDERO PROPIO

Los hallazgos del estudio deben tomarse con cierta reserva, advierte Larson. Se trata de un tamaño de muestra de aldeas relativamente pequeño, ninguna iniciativa de REDD+ se vio asociada con resultados totalmente negativos (o totalmente positivos), y hay muchos factores que pueden afectar la sensación de bienestar de las personas.

Además, las visitas “antes y después” de las intervenciones se realizaron con tan solo tres años de diferencia, y en muchos casos las intervenciones acababan de empezar. La tercera etapa del trabajo de campo del GCS-REDD+ en 2018, en ocho sitios en Brasil, Perú e Indonesia, podría proporcionar una imagen más clara mediante la evaluación de impactos a más largo plazo.

Pero, en cierto modo, el resultado negativo no resulta tan sorprendente, dice Larson.

REDD+ es solo el ejemplo más reciente de lo que sucede cuando no se ha incorporado de manera explícita el género en los programas de conservación y desarrollo.

“A partir de la literatura, queda muy claro que esto ha ocurrido una y otra vez, en especial en lo que respecta a las iniciativas forestales: las personas llegan a los poblados con prejuicios preexistentes, como suponer que los hombres tienen una relación más estrecha con el bosque, y que ello significa que básicamente solo pueden trabajar con hombres”.

Ello puede conducir a cambios que refuercen o incluso agraven las estructuras de poder existentes, e involuntariamente quiten tierras a las mujeres o “les impongan una mayor carga laboral mientras que los hombres plantan árboles y reciben todos los beneficios”, dice Larson.

“Cualquier cosa que pasa, que lleva dinero a la localidad, afecta al hogar: afecta la toma de decisiones, el control de los recursos y el equilibrio de poderes”.

Una pista de ello está en la forma en que las mujeres de los grupos focales definieron el bienestar. Si bien los grupos de mujeres y los grupos mixtos coincidieron en que una buena salud, una buena educación y contar con alimentos suficientes eran los factores más importantes, casi la mitad de los grupos focales de mujeres también mencionaron como un factor tener “su propia fuente de ingresos”.

Unas cuantas iniciativas de REDD+ involucran pagos directos de algún tipo. Si estas iniciativas no han considerado cómo distribuir esos pagos tomando en cuenta el género, pueden producir un impacto negativo en las mujeres.

EL FACTOR TEMOR

Las herramientas para analizar el género y la forestería se desarrollaron en la década de 1990, pero, ya sea por motivos de costos o porque simplemente se las considera demasiado complicadas, al parecer aún no se están utilizando.

“Los líderes de las comunidades son a menudo hombres, y puede que piensen que las mujeres no deberían estar presentes en las reuniones”, dice Larson. “Entonces, uno deber hacer frente a la tradición de ese poblado en particular, y eso es intimidante”.

“Uno no quiere generar conflictos, así que no sacas el tema a colación, lo evitas, o lo mencionas una vez y luego sigues adelante. La solución fácil es no hacer nada. Pero en mi opinión eso tiene que cambiar”.

Incluso en comunidades donde el bosque es utilizado principalmente por hombres, las mujeres siguen siendo actores importantes, dice Larson.

“Todo lo que le sucede al bosque afecta la relación espiritual de la gente con él, su cultura, los ingresos que recibe la comunidad, el liderazgo, el contexto de gobernanza, si hay cosas que ocurren en secreto, si hay corrupción: un bosque es mucho más que los recursos que contiene”.

La única manera en que los proyectos ambientales y de desarrollo pueden evitar tener un impacto perjudicial en las mujeres es incorporando de manera explícita cuestiones relacionadas con el género en su diseño, destaca Larson.

“Se requiere un análisis de género sustancial sobre las relaciones de poder en la comunidad, la toma de decisiones, el control de los fondos y el uso de los bosques y de los recursos forestales”, dice Larson.

“Tiene que hacerse adecuadamente y con sensibilidad cultural. Se requiere un especialista en temas de género que comprenda la situación y sepa cómo abordarla”.

“No existe la neutralidad de género cuando se trata de los bosques”, agrega.

Para más información sobre este estudio, puede ponerse en contacto con Anne Larson en A.larson@cgiar.org

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